Entre mates


Una vez, o dos, o más
imaginé un cuadro así
pintado al te lo advertí
con marco de te jodés.
También pensé en el revés
sin miedo a tabas muleras
caer de punta, insistiera
chirola llegando a peso
pues entre mates y besos
la yerba es una zoncera.

Ergasto


En domingo.
Tejiendo y leyendo con el poeta que sigue.

 



Tejes

Tejes. Callamos. Yo leo,
que es mi modo de tejer.
La casa empieza a tener
frialdad de mausoleo.

—Hace frío.
—Sí; hace frío.
—Pon otro poco de leña.
En el cuadro un árbol sueña
y frente a él corre un río.

—Rafael no viene más.
—Ya no viene más Irene.
—¿Y Dora?
—¿Y Pedro?
—¿Y Tomás?
—Ya ninguno de ellos viene.

Además, ¡cuántos se han ido
por éste o aquel sendero!
Otros nacieron, pero
también los hemos perdido.

Transcurren unos minutos
en una quietud tan pura
que el tejido y la lectura
son perfectos y absolutos.
 


—¿Oyes? Salen de la escuela
los chicos.
—Pues, ¿qué hora es?
Hablan y cantan. Después
sólo queda una estela.

—¿Han llamado?
—Sí, han llamado.
Nadie ha llamado a la puerta.
Está la calle desierta
como un camino olvidado.

El reloj marca una hora
cualquiera en la eternidad.
Esta sí es la soledad.
Nunca la sentí hasta ahora.

—Es tarde.
—Es tarde.
Cerramos
la llave de luz. Salimos.
—Hasta luego.
Y nos dormimos.
Y después despertamos.


Ezequiel Martínez Estrada
 


Estrada es sin duda el más importante de los ensayistas argentinos del siglo XX. Nació en San José de la Esquina, pequeño pueblo de Santa Fe, en el mes de setiembre de 1895; y murió en Bahía Blanca, en noviembre de 1964. Hijo de padres humildísimos, fue un verdadero autodidacto que, durante largas décadas, trabajó en un puesto burocrático del Correo Central de Buenos Aires. En 1924, cuando llevaba publicados varios libros de poemas, fue nombrado profesor de literatura en el Colegio Nacional de la Universidad de La Plata. Enseñó allí hasta 1945, en que voluntariamente dejó la enseñanza porque, en tiempos de Rosas, "un cuerpo docente, de venerables académicos, postrado ante un gángster llevado en andas por sus congéneres, que predicaba a la juventud argentina el deber presente y futuro de convertir al país en un arsenal y en un burdel"( Las 40 ).


Entre 1950 y 1955 una cruel enfermedad desconocida lo mantuvo postrado en camas de hospitales.
A fines de 1927 viajó a Europa con su mujer, Agustina, y recorrió Italia, Francia y España. Desde 1933 a 1940 una crisis íntima le impidió escribir y se dedicó al estudio del violín y el ajedrez, temas sobre los cuales compuso más tarde sendos volúmenes inéditos. En 1959 viajó a México donde enseño un año y en 1960 a Cuba; permaneció un año en la isla trabajando en su enorme obra sobre Martí.


Un discurso pronunciado en esas islas del Caribe, con motivos de los 18 años de la revista Cuadernos Americanos, hizo que cayera sobre él la calumnia de haber renunciado a su ciudadanía. Varios escritores argentinos lo atacaron duramente y él se defendió escribiendo en Marcha de Montevideo que "la libertad para el pueblo de Cuba consiste en decidir su destino y no en cambiar de amo" y que su patria no estaba determinada por el Registro Civil. Además, declaró públicamente que no aceptaba ninguna acusación de comunismo porque "no quiero mancillarme admitiendo la dictadura del proletariado ni la dictadura de ninguna otra clase". Pocos meses antes de morir se definió a sí mismo como "un cristiano fuera de la Iglesia… esto es, un partidario de la libertad y la dignidad humana".


Cuando murió, en una de esas tristes y lluviosas tardes de Bahía Blanca, acompañaron su féretro treinta personas.
 



Coplas de ciego


XI


Buscaba, buscaba,
pero nunca donde
sabía que estaba.

XVI


¡Un momento, un momento!
Tengo izada la cometa,
¡no me quites el viento!



 

XXVI


La hoja que se desprendió
del árbol creyó estar libre,
y el viento se la llevó.

XIX (Otras coplas de ciego)

Cuando comencé a pensar
no sopeché que empezaba
a nadar en alta mar.

Ezequiel Martínez Estrada. Coplas de ciego y Otras coplas de ciego. Sur. Bs. As. 1968.

 



REFERENCIAS A SUS OBRAS


Prólogo inútil, de Antología (1964)


“He resistido cuanto pude a escribir un prólogo para esta Antología, porque entiendo que únicamente puede tener valor literario, si está bien compuesto, y de ninguna manera servir de clave o de explicación a una obra ya tan extensa y complicada como es la mía. Un prólogo debe tener una utilidad, una razón de ser; y si realmente la tuviere, tendría que tener una extensión desmesurada.

En el caso de una recolección de fragmentos, la utilidad de explicarle al lector, que desconoce las obras, por qué y para qué fueron escritas, y qué relación tienen entre sí, en el caso de que la tuvieren, no serviría sino de presentación personal del autor. Pero si no para orientar y poner en senda segura los pasos del lector, al menos valdrá este prólogo inútil para que yo plantee un problema marginal derivado del efecto que Radiografía de la Pampa y las otras decenas de libros que tratan de la realidad argentina e iberoamericana presenta al menos para mí.

Me dicen que en estos últimos años, en presencia del desenlace de una crisis que ya está prevista explícitamente y con suficiente diafanidad en Radiografía de la Pampa, se lee, y sobre todo la juventud está leyendo el verdadero texto de mi libro. No en el libro mismo sino en la vida de la nación.

Desgraciadamente, los hechos van dándome razón y confirmando el diagnóstico. Allí donde algunos hombres satisfechos, porque siempre los hay, engordan y dormitan, otros despiertan. Son aquéllos los que están conformes y satisfechos, en definitiva los que tienen razón, los más aptos en la lucha por la vida. Esta es época de vermes y necróforos; para decirlo en el lenguaje de nuestra élite agropecuaria y de nuestros intelectuales de campo, ‘si bien la época es de hacienda flaca también lo es de garrapata gorda’”.



Radiografía de La Pampa

“(…) Espinoza y yo anduvimos recorriendo las calles del centro, presenciando lo que yo vi como inundación de aguas turbias y agitadas. Tenía recuerdo aún fresco de las fiestas del Centenario, y de súbito tuve la impresión de que me encontraba retrotraído a veinte años atrás, como si ni yo ni lo que nos rodeaba hubiesen cambiado.

El tiempo era un sueño. Este schock o trauma, me reveló una clave de interpretación, válida para la relectura del Facundo y para el texto en relieve y para el tacto, sistema Braille, que estaba presenciando. Mi impresión fue la de que recibía una revelación, como dicen los místicos, y que se me mostraba iluminado un pasado cubierto de una mortaja pero no muerto ni sepultado. Le dije a Espinoza:

—Oiga usted: U-ri-buuu-ru; es lo mismo que I-ri-gooo-yen.

—Exacto —me respondió—, escriba lo que está viendo.

Por eso escribí Radiografía de la Pampa”

 


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