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“Todo escritor tiene un amigo
imaginario". ¿Quién ha sido o es: aquél que aguardaba en las esquinas
chuecas del silencio; que está tras de los labios, sujeta las costuras del
otoño reteniendo una bandada de chingolos. Abrirá su boca ni bien se
escuche el grito de las tijeretas cortando los piolines? (Ya se
sabe, las golondrinas son en primavera).
Apostar a número cantado, en la
picardía del sentido inquieto, ¿de qué?. Ese amigo alguna vez tuvo su ave,
o aún espera quedar sordo; en tanto: ¿qué mejor llamador fuera una
oreja (o mirada) rendida al ojo parlanchín (o que escucha) de las
voces fugadas (o que miran), de la culpa, del acaso, de lo inútil, de la
espera? Imaginate.
Ergasto
3-12
El amigo imaginario
Por Juan Forn

Había en San Petersburgo, cuando se llamaba Leningrado, una escuela, que
estaba enfrente de una fábrica de armamento, que estaba al lado de un
hospital, que pertenecía a una prisión, la prisión más famosa de toda
Rusia, Las Cruces, con sus 999 celdas. Había en Leningrado, en aquellos
primeros años de posguerra, un pelirrojo llamado Iosip Brodsky que fue a
esa escuela hasta que lo echaron y consiguió trabajo en ese arsenal, de
donde fue a dar con sus huesos en aquella cárcel, donde lo despacharon al
pabellón de enfermos mentales de aquel hospital, donde lo ponían a pasar
la noche en chaleco de fuerza, luego de empaparlo con una manguera (al
enfriarse y contraerse, el chaleco de fuerza iba haciendo cada vez más
honor a su nombre). Antes lo habían llevado a juicio, por parásito, por
poeta, por judío. En determinado momento del proceso, el fiscal le
preguntó: “¿Y a usted quién le dio permiso para decirse poeta?” El
pelirrojo Brodsky, que tenía veintiún años, le contestó: “¿Y a usted quién
le dio permiso para decirse hombre?”
Lo mandaron a Siberia, por supuesto, pero en términos soviéticos la sacó
barata: apenas tres inviernos, y no en un campo sino en una granja
colectiva. Después lo dejaron volver a Petersburgo hasta que terminaron
cansándose de él y de los poemas que no le dejaban publicar y lo
expulsaron de la URSS. El pelirrojo Brodsky bajó de un avión en Viena, sin
pasaporte y sin una moneda. Las autoridades migratorias le preguntaron si
conocía a alguien en el país. Brodsky sabía que Auden, el gran poeta
inglés, su ídolo absoluto, tenía una casita en algún lugar de las montañas
austríacas. Las autoridades migratorias lo contactaron y el viejo poeta
aceptó encantado hacerse cargo del indeseado apátrida. No sólo se lo hizo
traer y lo cobijó en su cabaña alpina: en setenta y dos horas
vertiginosas, le consiguió papeles y un puesto en una universidad en
Estados Unidos y después se lo llevó a Londres, donde lo presentó al mundo
en un legendario festival de poesía.
Durante esas 72 horas, las únicas en que estuvo frente a frente con Auden,
Brodsky sólo pudo escucharlo: su inglés (aprendido a solas en la URSS con
un diccionario y una antología de poesía inglesa hecha jirones, donde
había descubierto a su ídolo), a duras penas le daba para seguir la
legendaria, prodigiosa verba de Auden, y menos que menos para decirle lo
que había significado para él. Un año después, Auden estaba muerto.
Brodsky se enteró por los diarios; no había vuelto a verlo ni a hablar con
él. Ese mismo día empezó a escribir en inglés. Los poemas los siguió
escribiendo en ruso, pero desde ese día empezó a escribir prosa en inglés.
Cuando se animó a publicarla, resultó ser una verba prodigiosa: era su
manera de hablar con Auden, de decirle todo lo que no le había podido
decir en aquellas 72 horas entre las montañas de Austria y Londres. El
mismo lo confesó, cuando le dieron el Nobel. Primero citó unas palabras de
su maestro (“Todo escritor tiene un amigo imaginario”). Después dijo: “Soy
un poeta judío, mi lengua es la rusa, sólo escribo en inglés para
encontrarme con él, para hacer lo único que se puede hacer por un hombre
mejor: seguir la conversación. En eso consisten, creo yo, las
civilizaciones”.
Brodsky era una fuerza de la naturaleza. Se caracterizó toda su vida por
llevar la contra a toda advertencia, sensata o de las otras. Quienes lo
conocieron dicen que, en la charla mano a mano, la pura intensidad de su
presencia a veces hacía sangrar por la nariz a su interlocutor. Cuando
estaba en Siberia, juró (y lo dejó asentado en una carta a sus amigos)
que, si alguna vez lograba salir de ahí, se iría a Venecia, “me
conseguiría una habitación en la planta baja de un palazzo, para que las
olas levantadas por las embarcaciones golpearan contra mi ventana, y me
dedicaría a fumar, toser y beber, y mientras las colillas se apagaran
solas en el húmedo piso de piedra, intentaría escribir una elegía o dos. Y
con mi último dinero me compraría una pequeña Browning y me volaría la
tapa de los sesos, ya que era incapaz de morir escribiendo en Venecia”. Lo
hizo. Me refiero a conseguirse un palazzo con vista a los canales,
escribir una elegía o dos, fumar, toser y beber. No logró morir en
Venecia, ni por causas naturales ni por balazo, pero sí logró que su
hermosa esposa italiana llevara sus restos a enterrar allá.
También se negó toda su vida al lugar de víctima (“Hablar de nuestros
padecimientos sólo extiende la vida de nuestros antagonistas”). Para
explicar su entereza dijo que el problema de pasarse la vida tratando de
burlar al sistema era que, tanto cuando se lo vencía como cuando se lo
secundaba, uno se sentía igualmente culpable: “Esa ambivalencia es la
característica principal de mi país: no hay verdugo ruso que no tema ser
víctima algún día, como no hay víctima que no tema tener en sí la
capacidad de ser verdugo. Pero esa ambivalencia es sabiduría, en cierto
modo: uno entiende rápido que la vida misma no es ni buena ni mala, es
arbitraria”.
Con el paso de los años (que no fueron muchos, a los 47 ya había ganado el
Nobel, a los 56 estaba muerto), descubrió que la lengua inglesa era el
vehículo ideal para entenderse a sí mismo, así como la lengua rusa era su
modo de cantar. En inglés dijo que, cuando trabajaba en la fábrica de
armamento, podía ver por encima del muro cómo trasladaban presos al
hospital, que a la menor distracción de los guardias soltaban cartas que
iban a caer al patio de la fabrica y que él o algún otro recogía
furtivamente y despachaba por correo de regreso a casa. Lo que no lograba
recordar exactamente era si él había sido uno de los que recogía o uno de
los que arrojaba aquellas cartas (no por nada escribió que la memoria es
como una biblioteca sin orden alfabético y sin obras completas de nadie).
En inglés dijo que todo escritor se ve a sí mismo póstumamente, pero que
el escritor en el exilio lo hace más que ningún otro porque es básicamente
una criatura retrospectiva, que cree que su existencia anterior era más
genuina, que teme ser sólo capaz de escribir secuelas de su obra anterior.
“El exilio político pone al escritor en el lado banal de la virtud y nada
frena su evolución estilística más que eso. Porque el estilo de un
escritor son sus nervios y el exilio entumece los nervios. El exilio le
enseña que un hombre liberado no es un hombre libre. Y que, si quiere un
papel mejor, el de hombre libre, debe ser capaz de aceptar, o al menos de
imitar, la manera en que fracasa un hombre libre. Porque cuando un hombre
libre fracasa, no culpa a nadie”.
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Mi verso mudo, mi callado verso...
Mi verso mudo, mi callado verso
pero aciago -mal le pesen las riendas-,
¿a dónde de este yugo iremos a quejamos
y a quién decir la vida que llevamos?
Por mucho que, pasadas ya las doce, buscando
detrás de la cortina, con cerillas, el ojo de la luna,
expulses de los restos de tu mueca opaca
con la mano, en la mesa, de la locura el polvo.
Por mucho que embadurnes este engrudo escrito
más denso que la miel, ¿con quién quebrar
en la rodilla, o en el codo al menos,
una vez más, el trozo ya cortado, mi callado verso?
Iosip Brodsky
De "Parte de la oración" 1975 - 1976
Versión de Ricardo San Vicente
Yo no era
más que aquello que tú...
A.M.B.
Yo no era más que aquello que tú
con la mano acariciabas,
allí donde en noche de pavor,
cerrada, la frente reclinabas.
Yo no era más que aquello que tú
distinguías allá, abajo:
primero, solamente imagen vaga,
mucho después, también los rasgos.
Tú fuiste quien, ardiendo,
creaste en un susurro
las conchas de mi oído,
el diestro y el siniestro.
Tú quien, meciendo la cortina
en el mojado cuenco de la boca,
me plantaste la voz
que te llamaba a gritos.
Yo estaba ciego, simplemente.
Y tú, escondida, brotando,
me obsequiabas el don de ver.
Así es como se deja rastro.
Así es como se engendran mundos.
Así, a menudo, tras crearlos,
los dejan dando vueltas
los dones dilapidando.
Así, ora al
fuego lanzado,
ora al frío, ya a la luz, ya a lo oscuro,
perdido en la creación del mundo,
el globo va girando.
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