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Escrúpulo
Me parece que
vivo
Oliverio Girondo
Vicente Luy (Poeta Cordobés - Argentina) ... “Empiezo por la más obvia: ¿qué es poesía? En teoría, la única ciencia que se ocupa del problema” es el breve poema con el que abre No le pidan peras a Cuper (2003), un libro en el que –como en todos sus libros– Vicente nunca deja de ocuparse del problema de estar vivo. “Mi vida de joven fue extraordinaria, como la de todo joven". "Descubrí, amé, penetré lo que amé, y pagué por ello” escribió en Poesía popular argentina (2009), una compilación que incluye sus últimos poemas. Seguirá siendo la puerta ideal para entrar en una obra que incluye polémicas públicas, como cuando fue procesado por empapelar la ciudad de Córdoba con un afiche en el que aparecía desnudo de cuerpo entero junto a algunos amigos, bajo un slogan que decía: Lo esencial es invisible a los ojos. “Hasta los treinta años fui un ser espiritual, alimentado a fútbol y rock”, contó alguna vez. “Era de Belgrano y me hice de Talleres por culpa del negro Daniel Valencia, que escuchaba Pescado Rabioso antes de los partidos.” Poeta vitalista y de barricada, a medio camino siempre entre Artaud y Bukowski, entre Vallejo y Carver, el rocker Luy supo llegar a formar parte de los Verbonautas, un colectivo poético que integró Palo Pandolfo, y también será recordado por haber pagado de su bolsillo el disco Flopa Manza Minimal en tiempos de vacas muy flacas, dándole el puntapié inicial a la escena acústica que dominó el under porteño durante la primera década de este siglo. El recorrido de su poesía, así como su vida, reproduce el que va desde el enorme La vida en Córdoba hasta el diminuto Si va a morir gente votemos quiénes (2009), su último libro, casi un folleto gratuito, directo y contundente hasta el nocaut como su título... Fragmento del artículo en pdf (adjunto). O en este enlace: http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/libros/10-4598-2012-03-04.html |
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Murió el poeta Vicente LuyEl autor cordobés falleció el jueves en Salta. Será homenajeado el sábado en Casa 13.
Llueve y alguien está
diciendo “llueve”.
Quería volver a casa y lo decía, lo repetía con la insistencia y la desesperación de quien no es escuchado. Vicente Federico Luy, poeta, agregó a su biografía el jueves por la mañana una nueva muerte, esta vez con certificado de defunción. Sus restos serán cremados en Salta y luego trasladados a Córdoba, donde serán depositados junto a los de su abuelo, el poeta español Juan Larrea. Algunas otras veces, partes de él se habían ido de este mundo en el que conoció los extremos de la felicidad, la locura y la tristeza y sobre cuya superficie ya no quería caminar sin ser amado del mismo modo en el que él mismo había amado: muy a fondo, muy sin que nada más importe, muy para siempre, siempre. Eso es una pollera; eso es una mujer.
Una mujer con un cigarrillo en la mano. Tiene las uñas pintadas y
toma un té. Parece bonita. No me interesa ninguna otra cosa en el
mundo. ¿Quién fue Vicente Luy?
Anecdóticamente hablando, fue autor de
una poesía confesional, de tono pedagógico en algunos casos, pero
de una pedagogía divinamente perversa.
(De Vicente habla al pueblo, 2007)
Su primer libro tiene un título clarísimo respecto de su diagnóstico de muerte: Caricatura de un enfermo de amor. Inconscientemente vamos por un
camino, y concientemente (De Caricatura de un enfermo de amor, 1991). Después incluyó fotos y recortes de diario y dibujos de sus novias en La vida en Córdoba, un libro gigantesco y vitalista, un salto de entusiasmo después de una orgía. No se hacían esas cosas en Córdoba, y él las hacía. ¿Por qué los secuestradores
prosperan? (De La vida en Córdoba, 1999) En ese tiempo fue anfitrión de fiestas delirantes en su casa de Salsipuedes, una vieja casona de campo convertida en búnker: Vicente le había mandado a Carlos Telleldín, procesado en el juicio de la Amia, un poema acusándolo de una violación. Cuando Telledín salió en libertad, Vicente temió por su vida e instaló vidrios blindados. Decía que esa casa tenía, además, un refugio antiatómico en el sótano. Por esa época publicó Aviones y No le
pidan peras a Cúper, libros de “poesía exprés” al calor de los
acontecimientos sociales. Comenzó a desarrollar un estilo de
aforismo poderoso: “Si va a morir gente, votemos quiénes”. Dos
años más tarde reunió lo mejor de su poesía en La sexualidad de
Gabriela Sabatini. (De No le pidan peras a Cúper, 2003) Hubo algo ahí, un cambio en su vida: sin posibilidad de disponer de tanto dinero, se vio obligado a dejar el tenis y los taxis a Córdoba. Solía contar que ir a terapia le había destapado recuerdos terribles de su infancia. Perdió peso y cinismo, y había un gesto suyo de cuando una idea venía a su mente, que ya no tenía la misma frecuencia ni la potencia de otras épocas. Se le ocurrió invertir en un proyecto digital y perdió mucho dinero, se peleó con sus amigos, comenzó a sentirse cada vez más perseguido. Entre 2 tablitas de la persiana de la habitación de la casa
que alquilo en Argañaraz y Murguia y San Carlos, no cabe un marlo
de choclo, pero sí una mirada asesina. (De Aviones, 2002). Siguió editando poesía: Vicente habla al pueblo, ¡Qué campo ni
campo! y más tarde Poesía popular argentina, su última antología
y, decía, el primer libro que no debió pagar. ¿Qué sentí mientras esperaba dormirme? (De ¡Qué campo ni campo!, 2008) Le había puesto todas las fichas a vivir de la poesía, pero las
cosas salieron mal, a pesar de que su obra marcó a una generación
en Córdoba y comenzaba, de una manera cruelmente lenta, a ser
reconocida fuera de la provincia. Se sentía “mental, sexual y
tenísticamente disminuido”, y estuvo a merced de la
sobremedicación durante varias temporadas. (De La vida en Córdoba, 1999) En el último año había recuperado cierta rapidez para el chiste
y había vuelto a escribir. Flaquito, tembloroso, tenía el aspecto
de un pajarito después de millones de tormentas. No fui un buen
amigo, pero él me siguió escribiendo: un día antes de su muerte me
pidió que me hiciera cargo de sus últimos poemas, que los
publique. El último mensaje en verso que me escribió lleva como
título las iniciales de su abuelo: JL. Dice: Es probable que el mundo sea más benévolo con él, ahora que ya
no podemos darle la espalda. Tenía 50 años y dejó una obra
conmovedora e inteligente, una de esas cosas que si no te ayudan a
entender más el mundo al menos provocan que te pares en él de un
modo diferente. Que prestes atención a determinadas cosas. Que
ames para siempre, siempre. (De No le pidan peras a Cúper, 2003) Provocó y no escuchó respuesta, o acaso no había respuesta posible para lo que Vicente pedía. Mantenía el humor en los peores momentos, se reía de la vida y de la muerte, y era generoso con todo lo bueno que producía. Uno de sus mails dice: “Fui a Pare de Sufrir/ y me dijeron que vuelva en Mayo/. Si llega a ser un gag, es mi regalo para vos”. Agradecido, puto. Realmente agradecido.-
Notas relacionadas: Leé la última entrevista a Vicente Luy en La Voz del Interior: Un homenaje en vida, hace dos años. Una
entrevista
en ocasión de la publicación de Poesía popular argentina. La primera entrevista en La Voz, cuando publicó La sexualidad de Gabriela Sabatini.
Fuente: http://www.lavoz.com.ar/print.php?site=lavoz&nid=548447
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